La más común de las frases de referencia dice: "Errare humanun est", Séneca (Errar es de humanos) y con ello justificamos millones de yerros desde los inocentes a los graves como creer que la Tierra es el centro del Universo en pleno siglo XX y mantener a Galileo como un hereje. Pero hay de este dicho con tantas asas, una versión mucho más profunda de la que no tantos se hacen eco, ni intentan siquiera mencionar no vaya a ser que por salir de su boca, el alegato se convierta en condena; y reza la ignominiosa: "Cuiusvis es errare: nullius nisi insipientis, en errore perseverare", Cicero (El error es una cosa común, solo los ignorantes perseveran en el error).
La lectura de esta última frase debería ser de uso obligatorio, cada mañana para los políticos actuales; algo así como le era necesario, según nos cuenta Tertuliano, en la antigua Roma cuando un general entraba en la magna ciudad, vencedor de una batalla, llevaba tras sí un soldado de su confianza que en voz queda le repetía: "Respice post te! Hominem te esse memento" (¡Mira trás ti! Recuerda que eres un hombre (y no un Dios)).
No sería un gasto de las arcas públicas injusto, por el contrario considero que haría mucho bien el asegurarle en todo momento que no es el dueño de la partida, sino un humilde sirviente del pueblo, un jornalero que sirve de administrador por un tiempo determinado, al que le han dado un plazo de confianza para que maneje una gran casa que se llama País, Nación, República o como quieras denominarle.
Sin embargo eso no sería suficiente; también les obligaría a todo gobernante a la lectura diaria de dos documentos importantes: La Carta Magna del país que representa y un libro que creo de mucha utilidad: "Vidas, opiniones y sentencias de los Filósofos más ilustres" escrito por Diógenes Laercio en siglo III de nuestra era donde resume la filosofía desde su nacimiento hasta la última parte dedicada a Epicuro con cartas a Herodoto, Pitocles y Meneceo.
Hay en este libro, perlas cultuvadas por las mentes sabias como las de Quilón que fueron capaces de decir:
Según Hipócrates, estando este sacrificando en Olimpia, le preguntó Esopo el de las fábulas a Quilón, en que se diferencian el sabio del ignorante; y respondió: "En las buenas esperanzas". Volvió a preguntar que cosa era dificultosa:"Guardar el secreto, emplear bien el ocio y sufrir injurias" respondió y daba los preceptos siguientes: "Detener la lengua, singularmente en convites; no hablar mal del prójimo, si no queremos oír de él cosa que nos pese; no amenazar a nadie, por ser cosa de mujeres; acudir primero a los infortunios que a las prosperidades de los amigos; casarse sin pompas; no hablar mal del muerto; honrar a los ancianos; guardarse a sí mismo; escoger antes el daño que el lucro torpe, porque lo primero se siente por una vez y lo segundo por siempre; no burlarse del desgraciado; el poderoso sea humano, para que los prójimos antes lo celebren que lo teman; aprender a mandar bien en su casa; no corra la lengua más el entendimiento; reprimir la ira; no perseguir con baldones la adivinaciones; no querer imposibles; no apresurarse en el camino; no agitar la mano cuando se habla, por ser cosa de necios; obedecer las leyes; amar la soledad."
Ahora pensad, si tan solo esto que aconsejó Quilón hace diecinueve siglos atrás, le repiqueteara en el cerebro todos los días al que gobierna, sin dudas que algo le quedaría por más burro que fuese. Y eso sería un gran adelanto para la clase empobrecida de los políticos actuales. La mediocridad cantada magistralmente por el maestro José Ingenieros, sería sustituida por una capa cada vez más gruesa de algo de cultura y esta daría hijos de mejores prácticas.
No es mucho pedir que la política y sus actores sean lo suficientemente disciplinados como para rezar diariamente estas máximas y os aseguro que los cambios se verían en corto tiempo.


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